La prestigiosa revista médica
The Lancet ha publicado
recientemente un informe sobre los
efectos en la salud del ejercicio
físico. O, mejor dicho,
sobre lo malo que es no hacerlo.
Ningún certificado médico de defunción dice que alguien murió de sedentarismo, sin embargo,
en términos absolutos, la inactividad es algo más mortal que el
tabaquismo, ya que las muertes que los investigadores atribuyen al
tabaco son 5,1 millones de muertes anuales y las provocadas por la falta
de ejercicio 5,3 millones.
Hay que reconocer que si se considera proporcionalmente, todavía fumar
es peor, porque lo hace menos gente: aproximadamente el 26% de la
población mundial, mientras que
los inactivos, según los datos del
trabajo, ascienden a un 30,1% de la población mundial.
La comparación entre sedentarismo y tabaquismo no es ninguna novedad pero resulta acertada pues ya hace tiempo que se pronosticó
que la obesidad iba a ser una epidemia en el
siglo XXI como el tabaquismo en el XX. Esos
1.500 millones de persona que
no hacen una actividad física suficiente resultan muchísimos. A pesar de que la
OMS recomienda practicar al menos 150 minutos de ejercicio moderado a la semana.
El cálculo del efecto mortal de la inactividad
y el
sedentarismo se obtienen a partir de una
fracción de las producidas por enfermedades que se sabe que se agravan
por no hacer ejercicio. O las que mejoran por hacerlo. Son, de una
manera resumida,
enfermedad coronaria, hipertensión, infarto, síndrome
metabólico, diabetes tipo 2, depresión y caídas.
La lista no culmina aquí. Se ha visto que
hay una relación con
dos de los cánceres más frecuentes: el de mama y el de colon. Y, en
realidad, prácticamente
no existe ningún tipo de enfermedad que no mejore en
personas que hacen ejercicio con regularidad: las que tienen que ver con
el sistema circulatorio, las de metabolismo, pero también las mentales .
O incluso las que en apariencia no tienen nada que ver, como los
tumores, pero si se ha visto una relación clara con los dos mencionados,
la posibilidad de que lo estén con el resto no se excluye.
La única excepción son las enfermedades infecciosas, lo que en el
lenguaje del trabajo llaman comunicables, porque son transmisibles y
porque algunas hay que notificarlas para evitar que se expandan, donde
el ejercicio no parece que tenga tanta relación.
El efecto de la inactividad varía según las distintas regiones del
mundo. Esto es lo esperado, ya que no es un factor que actúe solo.
En
líneas generales, el
27,5% de la población africana no hace el
suficiente ejercicio; en América la proporción llega al 43,3%; en lo que
la OMS llama Mediterráneo del Este (Oriente Próximo) es del 43,2; en
Europa, el 34,8%, en el sureste asiático, el 17% y en el Pacífico
Occidental, el 33,7%.
Por países, por poner los extremos, la proporción de sedentarios
va del 4,7% en Bangladesh al 71,9% de Malta. Las mujeres son, en
general, menos activas que los hombres (el 33,9% frente al 27,9%).
Estas cifras, aclaran, se trata de una medida que incluye el ejercicio
que resulta de la suma del propiamente ocupacional o laboral junto con
el del tiempo libre.
No se aclara en el trabajo cómo se contabilizan las actividades
domésticas. Para los países donde los trabajos han perdido el carácter
físico, como los más ricos, es la actividad durante el ocio la que
cuenta más; en otros, es la propia de la actividad laboral (labrar,
cortar o acarrear agua).
El problema es tan grave que
los médicos solo pueden llamar
la atención y tocar la corneta. Aconsejar a la gente que haga ejercicio
no es suficiente. Hay que
buscar los métodos para que esta práctica sea
atractiva.
La clave del cambio puede estar en los colegios. Los padres, si les quitan una hora de Matemáticas, creen que sus hijos
van a ser menos competitivos en el futuro, pero no piensan lo mismo si
les reducen las horas de gimnasia; entonces no protestan.
Hay otro factor a tener en cuenta es que
no todas las personas tienen
la misma afición por el ejercicio. The Lancet dedica otro de los
artículos de la serie a
los factores que influyen: la edad, el sexo, la
salud, y hasta el entorno.
Ante este
estudio, parece también lógico
que se enseñe un estilo de vida sano que
incluya el ejercicio como parte normal y responsable del cuidado de la
salud personal, familiar y social.