04 abril 2005

Nuevos decálogos



Algunas personas nos guiamos por los Diez Mandamientos bíblicos, que aunque tienen sus años no tienen por que estar caducos. Otros como el filósofo Fernando Savater piden una modificación de los mismos. Los voceros de la Iglesia Católica parecen aceptarla, cuando dicen que ¨hay que interpretarlos de acuerdo con la realidad¨, lo que es una manera elegante de afirmar que resultan anacrónicos. Para Saramago, el nuevo decálogo ya existe: es la Carta de Derechos Humanos de las Naciones Unidas.

Diversas investigaciones realizadas en la Unión Europea entre comunidades productivas y pacíficas han arrojado normas de comportamiento que parecen conducir a la felicidad humana. Tienen la ventaja de que no constituyen prohibiciones, sino incitaciones a adoptar modos de vida. Veamos algunos puntos:

Practique un deporte. Esencial para la buena salud, tanto física como mental. Va desde ser un campeón olímpico hasta caminar media hora.

Hable más de un idioma. Clave en un mundo globalizado. En Europa, desde luego, vital.

Esté en contacto con la naturaleza. Sólo así comprenderemos la transitoriedad de la condición humana. Nos ayuda a descubrir que lo importante no es la vida, sino el vivir.

Lea, al menos, un libro al mes. Allí se encuentra la máxima expresión de la experiencia universal de las sociedades. Estimula al conocimiento de la invención humana suprema, la escritura. Cualquiera sirve, hasta los técnicos, aunque me resista a creerlo.

Asista, al menos, a un espectáculo cultural al mes. Nos coloca en contacto con el talento y la imaginación, es la experiencia más enriquecedora. Hasta la asistencia a actos religiosos y el cine funcionan.

Vincúlese a internet. Cuesta, pero es tan esencial como las demás incitaciones.

Tenga un hijo. Propio o adoptado, no importa. Sobra aclarar la importancia de este punto. Los peores seres humanos no han tenido hijos (algunos buenos tampoco, pero son la excepción que confirma la regla).

Frecuente a los mayores. A cualquier edad siempre tenemos algo qué aprender de quienes nos han precedido en el camino de la vida. Tan importante como el punto anterior.

Defienda su propio interés. Sólo así seremos autónomos y libres. La solidaridad con los demás comienza por la comprensión de las necesidades propias.

Entre todos los valores prefiera el altruismo. Siempre es más satisfactorio dar que recibir. Y mucho mejor otorgar, sin esperar nada a cambio (por cierto esto ya estaba en la Biblia hace unos miles de años). Conduce a que diferenciemos entre tolerancia y hospitalidad. La primera es soberbia, la segunda solidaria. No se trata de aceptar la diferencia, sino de acoger con gusto lo que es distinto.

Aunque parezcan obvios y sencillos, cualquiera podrá constatar, si hace un examen sincero, que pocos de estos puntos los cumple. Además, que casi nadie los cumple todos. Ni siquiera el maravilloso Papa recién fallecido (según dicen uno de los seres humanos más notables del Siglo XX), a no ser que considerara como hijos a los miembros de su grey (pero esto es una interpretación).

Otra opción muy generalizada consiste en regirse por la norma de Omar Khayán, un tanto materialista por cierto: "Ayer ya pasó, es irrecuperable; mañana no existe; sólo cuenta hoy, ama y bebe vino". Es decir, no se rija por ningún decálogo. Cada cual sabrá.

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